Disfrutando de la tranquilidad de Gyeongju (Corea del Sur) • Miércoles, 16 Junio, 2010
Uno de los mejores recuerdos que tengo de mi viaje con Vera por Corea del Sur fue cuando dormimos dos noches en una casa tradicional coreana, o “hanok”, en Gyeong-Ju, la antigua capital del Imperio de Silla. Este tipo de casas tradicionales coreanas siguien el mismo estilo arquitectónico desde hace casi 2000 años.
La puerta que está abierta a la derecha era nuestra habitación:
Las casas hanok se caracterizan por tener un sistema de calefacción conocido como “ondol” que mediante un sistema de conductos permite que el suelo esté caliente. Así puedes dormir en el suelo en un futón y aunque fuera haga bastante frío, estás calentito.
La “guesthouse” estaba formada por un conjunto de casas tradicionales que daban a un patio interior muy tranquilo:
Esta es la entrada principal y la entrada posterior de la casa de huéspedes:
Justo al lado de nuestra habitación vivía la familia que regenta el lugar. En la entrada tenían dos perros, que al principio nos ladraban pero acabaron haciéndose amigos nuestros:
¡Hasta la caseta del perro estaba construida siguiendo el estilo tradidicional coreano!
Nos gustó muchísimo vivir en un barrio tan tranquilo, rodeado de casas unifamiliares con sus tejados estilo coreano. Me recordaba muchísimo a Japón:
La casa donde nos alojamos estaba justo al lado del parque Tumuli, famoso por tener en su interior las tumbas de varios reyes coreanos. Nada más salir nos podíamos asomar al paque y ver los enormes montículos:
La primera noche fuimos a cenar a un restaurante típico que estaba a solo 100 metros de nuestra casa. El restaurante también estaba formado por varios hanoks:
Antes de entrar hay que dejar los zapatos fuera:
Las mesas son muy bajitas y se cena sentado en el suelo, que gracias al sistema de calefacción tradicional coreano está caliente. Cuesta un poco acostumbrarse a estar sentado en el suelo, y al cabo de un rato duele la espalda porque no estamos acostumbrados a esta posición, pero es muy divertido. En la mesa de al lado había una familia coreana muy simpática. No podíamos evitar observarles: era una escena muy entrañable, la hermana mayor comía por si misma y el hermano pequeño intentaba imitarla. Ambos comían de todo y estaban asombrosamente tranquilos disfrutando de la comida. En comparación con la típica familia latina, los coreanos, al igual que los japoneses, son muy silenciosos. Los padres hablaban con sus hijos y entre ellos con susurros apenas audibles. Es lógico darse cuenta de que cuando estos niños se hagan mayores seguirán el modelo de sus padres ycontinuarán igual de educados y silenciosos en su comportamiento en sociedad.
Nuestro menú, como es habitual en la comida coreana, incluía multitud de platos muy pequeños y variados. Aunque parezca mucha comida, la mayoría de platos son algas y verduras, por lo que la comida es muy sana. El plato que se ve en medio que parece una tortilla es una especie de pizza con calamar y cebolleta a la brasa, dicho así parece algo raro, pero el sabor es muy simple y sabroso.
Gyeongju no es una ciudad muy grande, tendrá unos 200,000 habitantes, unas cinco veces menos que en su período de mayor explendor como capital del Imperio de Silla. Es una ciudad con aspecto de pueblo y está formada por multitud de casas bajas e incluso en el centro ningún edificio tendrá más de 4 o 5 plantas.
Según parece Gyeongju se está despoblando poco a poco ya que los jóvenes prefieren vivir en ciudades más dinámicas y prósperas como Seúl o Busán en las que pueden encontar muchísimas más oportunidades de trabajo. Es comprensible, un pueblo grande como Gyeongju poco tiene que ofrecer a un joven en comparación con una megalópolis cosmopolita y ultramoderna como Seúl.
Disfrutamos mucho nuestra estancia en la ciudad. Pasamos el suficiente tiempo allí como para ver todo lo que nos ofrecía a nivel turístico y tuvimos tiempo para disfrutar de la vida tranquila de pueblo. Recuerdo no tener nada que hacer hasta la hora de cenar y disfrutar sin prisas de la tranquilidad de dar un paseo, callejear y ver tiendas, tomarnos un café en una cafetería sin estar pendientes del reloj…
Nos habituamos a los horarios del pueblo y nos levantábamos pronto por la mañana, desayunabamos sin prisa y nos íbamos a ver templos y parques tan bonitos como éstos:
Por la tarde ya no teníamos nada concreto que ver, así que hacíamos tiempo hasta la hora de cenar, entre las 7-8 de la tarde:
Después de cenar dábamos un tranquilo paseo hasta nuestro “hanok” y nos íbamos a dormir.
Acostumbrado a una vida tan dinámica y llena de estímulos, con tantos planes y cosas que hacer, sentí estar algo perdido al naufragar en un mar de aburrimiento. Nada mejor como éstos paréntesis para recapacitar y filosofar con calma sobre todo y sobre nada en particular. Benditos momentos de aburrimiento tan necesarios y a la vez tan temidos e infravalorados. Es una lástima, pero solo así apreciamos los pequeños placeres de la vida y ponemos freno temporal a la locura de nuestra ajetreada vida.
Visitar sin apresurarse, disfrutar de las comidas, dar un agradable paseo y dormir en una pequeña habitación en el suelo, del mismo modo que hace cientos o miles de años. Tan sencillo, pero tan difícil. Una experiencia única. Repetiremos.












































































































