Hoy que tengo un poquito de más tiempo para escribir me gustaría hablar un poco del viaje de Milan/Sofía.
Cansado del Aeropuerto de Malpensa, que por segunda vez, me volvió a engañar y a tenerme esperando más de lo esperado, me plantaba camino de casita de Alberto donde me esperaba una grandiosa fuente de sangría y una botellita de limoncello para acompañar una exquisita carne de Jabugo.
Unos bailoteos de salsa con sus compañeras de piso, y unas gotas de absenta (ojala hubieran sido gotas) hicieron que la noche no existiera y fuéramos sin dormir rumbo en un Mercedes que no bajaba de 160 de vuelta al Malpensa de mis amores.
Una mala digestión y rápidamente de cabeza para el avión de Easy Jet donde entre cabezadas y cabezazos conseguimos dormir un poquito.
A la llegada, controles de pasaporte y taxistas que nos querían engañar en nuestro camino a la Oficina de Marcos (nuestro gran anfitrión!) donde empezamos a descubrir que la vida en este país era tremendamente barata.
Una mezcla de un tiempo increíble y una comida mejor empezaban a hacer que nuestra visita se convirtiera en unas vacaciones increíbles donde celebrar el día del padre (ya nos tocará.. de momento na de na.. jaja).
Y es que por apenas 6 o 7 euros degustamos la maravillosa comida búlgara, de gran simpleza pero de una exquisitez que hacía que todo nuestra estancia fuera mucho mejor.
Entre cervezas y risas, empezamos a aprender la lengua del gran Stoichkov o Penev! Al que un taxista nos dijo que era íntimo amigo suyo.. y nosotros.. con un no me des coba.. le invitamos a que le llamara por teléfono.. jajaja.
Un parque en el que decenas de puestos intentaban colocar gorras, chapas, placas o uniformes de tiempos pasados nos sirvió de sobremesa, mientras descubríamos que había más réplica que piezas únicas, pero que por poco dinero podías tirarte el vacileo.
Entre las piezas que te transmitían cosas podíamos ver un violín que ya dejó de emitir sonidos mágicos años atrás, o un ajedrez, icono de una cultura, que aun se mantiene, en la que gente de todas las edades pasan la tardecita con partidas abiertas de ajedrez como si los mejores Kasparov y Karpov estuviesen jugándose el Torneo de Linares.
Llegaba la primera noche en Sofía y optamos por el ambiente más cool para ver cómo se las gastan las búlgaras. Una discoteca llamada Máscara repleta de chicas de más de 30 años, casi todas casadas, que te servía para darte cuenta de cómo funcionaban las parejas en este país. Con mi ingenuidad natural, preguntaba dónde estaba la juventud, y con cara de sabelotodo una búlgara me decía que seguramente recién casadas, ya que aquí los búlgaros (en su versión masculina) son los más listos y que pronto se casan con chicas 10 o 20 años menores, a mi pregunta de que hacia ella aquí, una sonrisa cómplice insinuaba como el quinto año de matrimonio parecía ser tiempo suficiente como para empezar a practicar el controvertido juego de la infidelidad.
El día siguiente era el destinado al turismo, paseítos, visitas, iglesias y mil millones de fotos, lo de siempre. Paseando y observando te das cuenta de la bondad de la gente y de lo poderoso e infinito de la cultura búlgara. Muchísimos restos de tiempos pasados que se veían desde en Iglesias repletas de iconos, hasta en los ojos de la gente, pasando por casas destruidas esperando que algún alto cargo decida invertir en la ciudad. No parece que vaya a suceder a corto plazo.
Un mitin de un partido búlgaro o la visita del mercado de las mujeres eran nuestras siguientes paradas, el primero, impresionante la sensación de estar ahí dentro, la política, definitivamente es distinta en este tipo de países. El segundo, era más nombre que otra cosa, cientos de mujeres mayores vendiendo fruta con no muy buena pinta y chándal adidas de cuando Comanecci era la princesa de las Olimpiadas.
Nuestras últimas horas en tierras búlgaras las íbamos a gastar de noche, una serie de bares alternativos, súper auténticos en los que un antiguo establo de caballos se disfrazaba de bareto con obras de arte de altísima calidad o un antro en la que con un rotulador marcábamos nuestras mejores palabras y firmas.
Y como sentía que mi visita no se podía acabar ahí, como si en mi Cádiz me encontrase, me perdí al más puro estilo bomba de humo para continuar viendo la realidad del pueblo búlgaro, una realidad en la que los ojos y las palabras de la gente te mostraban los tremendos años pasados que han marcado la vida de millones de personas en este país.
Y con unas pringles y unos zumos, nuestra visita de se acababa, ahora era turno de horas de sueño en Malpensa y el comienzo de mis semanas de dos días hasta el siguiente viaje.