Así. Sin previo aviso, sin calles adornadas, sin muñecas de Famosa y Scalextric, sin nieve, sin grandes árboles iluminando, deslumbrando. De esta forma hace su entrada la Navidad en Cuba, sin que uno se de cuenta hasta que está ahí, hasta que hay una mesa, un puerco en ella, gente alrededor. Y tampoco hay villancicos. Sigue el perreo, el reggaetone, siguen los días, fugaces, las horas agolpándose como maníacos a la puerta del Corte Inglés un 7 de enero. Nochebuena es un domingo cualquiera. Sin protocolo, sin ambages.

 

Y ni siquiera es malo, diría que incluso bueno, por aquello de que ojos que no ven…

 

Pero también es cierto que llega un momento, inevitable, en que a uno lo visita el fantasma de las navidades pasadas, el de las presentes… no vino el de las futuras. ¿Mejor o peor? Siempre decimos no querer conocer el futuro, esperar pacientes las sorpresas que trae. Pero no es verdad. O al menos, no actuamos en consecuencia. La Navidad, creo, es prueba de ello. Nuestra necesidad de medirlo todo, de estandarizarlo, nos lleva a desear que todo permanezca igual, que cada año la historia se repita, decepcionados si no es así. Incapaces de tomar la vida como una sucesión de momentos que simplemente pasan, que no han de ser como imaginamos.

 

No echo de menos la comida, los regalos, la mesa perfectamente decorada. Son simples atrezzos de un escenario vacío. Los sabores quedan en sensaciones placenteras pero fugaces. La mesa se viste de seda, pero mesa se queda. Y los regalos no tienen mucho sentido si no se pueden coger las manos de quien los ofrece, mientras se mira a unos ojos que dan más de lo que las manos pudieran jamás. Y es que ningún país puede ofrecerte lo que tu patria te da, porque la patria no puede ser ningún país, son unas pocas personas que se cuentan con los dedos de la mano.

 

Pero bueno, no todo es nostalgia y melancolía. También hay sitio para sensaciones muy gratificantes, incluso en estas fechas que nos empeñamos en sobredimensionar. Una de ellas es la gente española que he encontrado aquí, un auténtico y firme apoyo en los momentos complicados, gente que me ha ayudado mucho desde el primer momento. También regalos de verdad como ver a un amigo disfrazarse de Santa Claus para sorprender a unos niños, o ver a esos mismos niños maravillados, confundidos sin saber si continuar mirando atónitos a Santa o abrir ya sus regalos.

 

 

 

 

 

 

Como ya os comentaba, la Navidad no se ha sentido llegar, a excepción de algunos lugares como hoteles o clubes de clara vocación yuma (guiri). No es que no se celebre, pero como durante mucho tiempo la Revolución, de acuerdo a su carácter aconfesional, no contempló como festivos estos días, y como, además, y también aquí, estas fechas tienen un marcado carácter consumista, no todo el mundo quiere o puede celebrarla. Aunque el que sí desea hacerlo trata de resolver unos pesitos como sea y estos días hay que estar especialmente atento a las vueltas del súper o a determinadas ofertas ambulantes y oficiales. Aquí la Navidad también es blanca. Quizá más que en otros lugares.

 

Pues nada, así os dejo por hoy, con esta extraña sensación agridulce, con las navidades más cálidas y frías al mismo tiempo que he tenido ocasión de disfrutar en mi vida. Pero ya habrá más navidades y, a pesar de todo, seguro que éstas jamás las olvido.

 

18 Dic, 2008

ASÍ ES ELLA

Un día me golpea furiosa, con la furia que nace del olvido y es más poderosa que ninguna otra; otro, sin embargo, me ofrece un amanecer de acuarelas amarillas que se confunden con ese azul que sólo ella tiene. Siempre desconcertante, ese es su secreto, su condición. Complicada; en ocasiones los imanes se niegan, no les basta con compartir su signo, su polo; en ocasiones compartimos el mismo sino, el mismo trópico. Pero nunca se que decisión tomará hasta que es demasiado tarde para tomar una por mí mismo. Hasta que quedo a merced de su suave balanceo, de su contoneo coqueto y sugerente. Elegante. Implacable. Y nunca se si todo esto es un simple alto en el camino o el comienzo de una nueva vereda que tomar, sin haberla elegido, sin haber podido evitarla. Atemporal, las manillas del reloj corren sin correr y se detienen cuando decide darme la espalda. Me da todo con su mano izquierda, conseguidora, mientras con la derecha resuelve ser nada. Alevosa en la nocturnidad, discreta provocación a la luz del tumultuoso día.  Perdida. Como yo. Son tantas las preguntas que se hizo durante tanto tiempo que ya no recuerda qué se contestó. Solidaria, sueña con repartir felicidad sin permitírsela antes para sí, sin entender que no se puede dar lo que no se tiene, por más que la voluntad sea férrea, encomiable. La sonrisa, perenne en su cara; a la espalda la cruz de la angustia, la aflicción, el remordimiento y la pena que no permite al ajeno, pero acumula en propiedad. Preciosa. Siempre. El destino no quiere permitirla renunciar a eso, al espejo que refleja su alma pura. Se cierra tanto como se abre, coherente con su contradicción, con su atractiva incoherencia. ¿Ilusa o ilusionada? La más bella fotografía. El desenfoque perfecto, encontrado sin buscarlo. Cálida y lluviosa, como un café humeante a través de una ventana empañada. Luz en sus ojos, bohemia en la sombra que los perfila. Añoranza. Recelosa de emprender un futuro distinto, confundida y temerosa de negarse a sí misma, pero aún a tiempo de aprovechar las lecciones de una decisión valiente que la hizo, la hace única; sin reprocharse errores. Porque nadie está libre de ellos. Y divertida e interesante cuando deja de ser ella misma, cuando empieza a serlo. Así es ella. Así es Cuba.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los taxistas. Una especie de micromundo aparte. La verdad es que es fácil tener una experiencia surrealista con uno de ellos. Madrid está lleno de taxistas peculiares. Uno se monta en un taxi y sabe cómo ha llegado hasta ahí, pero nunca se puede predecir lo que ocurrirá durante el trayecto. Es una incógnita, pero resulta incluso atractivo el hecho de que así sea. Un taxista es una persona enchufada a la actualidad que, como todo hijo de vecino, brega por sus intereses. Pero un taxista, a diferencia de un corredor de bolsa, es cristalino. Se sabe desde la primera frase, o simplemente a través del dial sintonizado, de qué pie cojea. A veces uno llega cansado de un largo viaje y ha de aguantar el tirón, aun cuando pagaría el doble por tener un plácido y silencioso viaje. Otras veces, el pobre taxista, amante del silencio en su pequeño feudo, ha de aguantarle a un servidor las mamarrachadas a débito de algún compañero dicharachero. Sin que siquiera uno piense en represalias. Esas cosas salen y, como casi siempre en esta vida, pagan justos por pecadores. Como de costumbre, ya me estoy desviando del tema. Todo esto venía a cuento de la última de mis experiencias con un taxista. Una taxista, para ser más exactos. Encantadora, por otra parte. En el cuarto de hora que duró el trayecto hasta mi destino me hizo una de las mejores disecciones de la sociedad cubana que he escuchado hasta hoy. Y es que el hecho de que se tome a la población por imbécil no significa que lo sea. Desafortunadamente, esto resulta aplicable a cualquier país del mundo. Los políticos suelen subestimar la inteligencia del pueblo. Y ello, suele ser su perdición. Además, creo que sus palabras eran sinceras. Y lo creo porque, al contrario que muchos chivatones, en ningún momento utilizó expresiones incendiarias, medidamente comprometidas y comprometedoras a un tiempo. No, ella amaba Cuba. Y le dolía, al mismo tiempo. Consiguió hacerme comprender que entender la realidad de este país va más allá de entender el sistema. Se trata de entender a la gente. Y que muchas veces, más importante que lo que se cuenta, es cómo se cuenta.

 

Así como este paseo resultó especialmente instructivo, al poco tuve una de esas experiencias surrealistas con un taxista. Mejor dicho, la tuvo él conmigo. Lo ocurrido puede enmarcarse dentro de lo que alguno de vosotros ya conocéis como “rubenadas”.La cuestión es que yo había acudido al cine a ver el estreno de un cortometraje de unas amigas cubanas. Estuve como tres cuartos de hora rondando la entrada del cine, haciendo una cola que ni se terminaba ni avanzaba nunca. Cuando ya dio comienzo la proyección y yo aún seguía en la calle, decidí largarme de allí. Paré un taxi, que derrapó como 20 metros, y me monté en él. Pues bien, apenas damos la vuelta a la esquina, me doy cuenta de que había estado haciendo cola en el cine equivocado! Cuando se lo intento explicar al taxista para que pare, él me mira con una cara en la que puedo leer claramente: “Maldito gallego de la pinga, me dejé más en neumáticos que lo que saqué”. Abrí la puerta, mascullé un lo siento y se me puso cara de imbécil mientras me descojonaba de mí mismo.

 

Otro de mis frecuentes despistes es mi incapacidad para recordar los nombres de las personas que me presentan. De verdad, no se qué me ocurre, pero me colapso. Y no es que no esté atento o por falta de educación, sino que creo que mi cerebro me da a elegir entre recordar el nombre o la cara. Y me suelo quedar con la cara. A este problema que ya de por sí tengo, se suma el hecho de que los nombres en Cuba son un auténtico espectáculo en sí mismos, una concesión sin condiciones a la imaginación. Como muestra, nombres de varón como Liván, Amílcar, Efraín, Belkis, Eidel, o los de mujer como Ilkis, Maylin, Leyssi o “las leidys”: Yusleidy, Misleidy, Nosleidy… (El corrector de Word se está volviendo loco subrayando todos ellos). Lo bueno de todo esto es que, una vez que te aprendes el nombre, es difícil confundir a una persona con otra. Casi imposible.

 

Ayer hice mi primera botella. Bueno, en realidad me la dieron sin pedirla. Aquí, hacer botella es hacer autostop y es algo muy común. Tanto que, lingüísticamente, puede conjugarse con dar y recibir (si uno hace autostop es recogido, pero no recibe autostop). Verborrea aparte, es un gesto de solidaridad. Simplemente se hace por ayudar. Aunque tampoco está de más soltar un par de dólares por el favor (ayudas, agradeces y no te cuesta nada). Eso sí, cuando cae la noche, la botella no es botella y dar y recibir tienden a resultar bastante confusos y ambiguos. (Ya tú sabes; “pa” qué te voy a hacer el cuento más largo). Antes yo también daba botella de vez en cuando. Antes de que mi coche se volviera bizco. Como lo cuento. El otro día bajaba en dirección a casa cuando, de repente, el coche empezó a trabarse como si llevase el freno de mano puesto. Como pude, me eché a un lado y lo aparqué. Cuando me bajé de él y fui a mirar qué ocurría, las ruedas delanteras miraban cada una hacia un lado. Los rodamientos destrozados. Ni el mecánico se explica cómo ha podido ser. Con los problemas que he tenido con el coche hasta ahora tengo para escribir el primer libro. “Carlos Sainz en La Habana” se podría titular (¡Trata de arrancarlo, Efraín, por Dios, trata de arrancarlo!).

 

Desde la semana pasada se viene celebrando el “Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana”. Al igual que la Feria Internacional, que ya comenté, este festival se convierte en un oasis en medio del desconcierto para la gente, que, además, tiene una grandísima afición al cine. Aparte de un gran conocimiento. Es, probablemente, el acontecimiento del año en La Habana. Y, por ende, en Cuba. Cuba es La Habana y La Habana es Cuba, rezan habaneros y extraños. Cada año, el festival suele contar con la presencia de alguna figura destacada del mundo del cine. Este año se presentaba la película del Ché y estuvo como gran estrella invitada Benicio del Toro. Si seguís leyendo hasta abajo encontraréis una pequeña sorpresa. La verdad es que la película ha sido acogida sin demasiado entusiasmo tanto aquí como en Miami, plazas de referencia a la hora de evaluar la acogida por parte del público cubano de la proyección o de cualquier otro tema que afecte a la isla. Nunca un país tuvo sus antípodas tan cerca como las tiene Cuba. En Miami, la reacción fue más airada y se criticó a la película de poco atrevida y de no contar toda la verdad (también es cierto que hubiese sido ingenuo pretender que así fuese). En Cuba, las críticas se han centrado en su falta de emotividad y sentimiento. Total que, los unos por los otros, la casa sin barrer. Yo no lo se, porque acudí al estreno, pero era tal el número de invitaciones que se repartieron que casi una hora antes de comenzar la proyección la sala no admitía más aforo. Me tomé un par de bucaneros a unas cuadras de allí.

 

 

Esa misma noche fuimos invitados a una fiesta para celebrar el estreno de las películas “Ché” y “El cuerno de la abundancia”. Lo cierto es que el lugar era muy lindo, como dicen por aquí. Una gran finca frente al mar, con un muelle adentrándose en él y una casa de estilo colonial (o eso creo) bien grande. Con concierto en directo de Kelvis Ochoa, un músico muy conocido y reconocido aquí.

 

 

Pero tampoco fue excesivamente divertida; todo el mundo echó a faltar un poco más de luz y varios hectolitros de alcohol. Y es que, compañeros, no es lo mismo fiestas de gente famosa que gente famosa por sus fiestas. Hasta la próxima.

 

Hoy llegué a casa. Cansado, pero esto no es lo importante. Llegué. La cuestión es que mañana trabajo y es tarde, pero a veces tarde es pronto y pronto, si no se aprovecha el momento, es nunca. Bueno, sin más divagaciones.

Normalmente hablo de Cuba. Hoy lo seguiré haciendo, pero con más perspectiva. Hoy voy a hablar del mundo. O del que yo percibo. Se habla mucho, últimamente, de crisis financiera, inmobiliaria, automovilística… No creo en ninguna de ellas. La auténtica crisis, en mi opinión, es una crisis de valores que se lleva forjando demasiado tiempo, y que nos ha conducido a la situación actual. Y para curarme en salud, digo desde ya que ni creo en el socialismo ni el capitalismo salvaje que tanto se ha promovido durante décadas. Ni siquiera pienso molestarme, ni dar gusto, a aquellos que puedan esperar con vehemencia que justifique uno u otro. No, me voy a basar en algo nimio para  la mayoría, pero importante e ilustrativo para mí. Estoy en Cuba y el único canal español al que tengo acceso es TVE Canal Internacional. Malísimo, por cierto. Con total objetividad. Bueno, no es el caso discutir acerca de esto.

La cuestión es simple: debido a la escasa oferta informativa nacional (española) a la que me veo sometido, acabo viendo programas como España Directo, espacio que en España sólo captaba mi interés por su sección gastronómica. Hoy esa sección sólo consigue hacerme salivar cuan perro de Paulov. Pero también me hace sentir más cerca de casa en momentos en que, realmente, lo necesito. La noticia, hace unos días, era el caso de un niño, Juanma, que padecía una enfermedad que lo hacía envejecer prematuramente. Y el trasfondo, el hecho de que ninguna empresa farmacéutica quisiera hacerse cargo del problema padecido por Juanma porque no resultaba rentable. Si tengo un talón de Aquiles es el de la injusticia. Y si la injusticia se ceba con los niños, entonces tengo dos. Y mis porqués al respecto, que no se bien si son preguntas o respuestas, son los que siguen.

Porque nunca se roba el futuro del dictador, aquel que ya lo ha sido. Porque siempre se cortan las alas de la paloma, y nunca el agujón del alacrán. Porque el ladrón siempre obtiene el perdón por cien años y son cien los años que la soledad acompaña al honesto. Porque la ciencia mancha sus manos con la sangre loca del beneficio, mientras la humanidad naufraga en las turbulentas aguas de la indiferencia. Porque los cobardes perviven matando la ilusión, y los valientes mueren muriendo por ella. Porque dar la espalda sale más barato que dar la cara. Porque el papel vale más que la vida, y no hay vida sin papel. Porque es más fácil salvar aquello que no se ve, ni se siente, ni se toca, que aquello que nos hace ser, sentir, vivir. Porque la vida de un niño es una colilla consumiéndose sin remedio entre los tontos por ciento del cuento del “bussiness” que un día un poeta predijo. Porque no hay religión si existe el conocimiento, aunque se sigue explorando el espacio sin siquiera haber empezado por el corazón. Porque un asesino come mejor en Europa que un inocente en África. Porque la ley pone límites a la cordura, porque no hay límites para la estupidez y la barbarie. Porque la ambición se ha convertido en sueño de individuo, porque los colores de una camiseta pesan más que el hambre.

Estas son mis razones.

Y, de nuevo, parafraseando al poeta, “perdón por la tristeza”.

Hoy, después de mucho tiempo, he conseguido ¡tomates y lechugas! He de agradecérselo, eso sí, a Joel y su familia. Parece que, poco a poco, los alimentos van llegando a los agromercados. Hasta hace poco, los paladares (restaurantes privados autorizados por el gobierno) eran los únicos lugares en los que había podido disfrutar, más o menos, de cierta variedad de verduras. Más allá de la escasez o falta de alimentos en los mercados, el problema muchas veces era la incompatibilidad de horarios entre mi trabajo y el mercado. Otras veces, las colas eran de 50 personas con la restricción de una col por persona. También es necesario enterarse de donde se está vendiendo qué y cuándo: La Habana, en cierta forma, es un pueblo grande, pero para los habaneros. Para un extranjero no es tan fácil enterarse de determinadas cosas, aunque se conozca a gente de aquí. El caso es que, más allá de estas consideraciones, cosas como estas le cambian a uno un poco la visión del mundo. De verdad que para mí hoy esos tomates han sido un gran regalo. No se, lo mismo que si alguien allí en España te regala un Montecristo o te invita a cenar langosta. Aquí, por el contrario, eso es lo fácil. Y barato. Se trata, en cierto modo, de ir acostumbrándose a una especie de mundo al revés en muchísimos aspectos. De un mundo en el que uno es enseñado (no digo haber aprendido todavía) a valorar las cosas de un modo diferente. El simple hecho de hacer la compra, que en España consiste en ir al supermercado, aquí resulta una pequeña odisea. Allí ir a la frutería o la carnicería o la panadería no deja de ser cierto lujo que uno se da cuando tiene tiempo y ganas. Pero más o menos todo puede ser conseguido en un simple supermercado. Aquí no. Artículos tan básicos como papel higiénico, servilletas o estropajos parecen frutas de temporada. Hay temporadas que los hay, hay otras que no. Hay supermercados que los tienen, hay otros que nunca los han tenido. Estoy por hacer una foto de mis tomates; verdaderamente estoy emocionado.

 

Otra diferencia. Y en esta Cuba sale ganando. Es increíble lo accesible que resulta aquí la cultura. Siempre hay alguna exposición, concierto, película a la que acudir. También es cierto que mis compañeros trabajan para la agencia de cooperación española y son los que promocionan muchos de estos actos. Pero, en realidad, voy más allá de eso. Lo que quiero decir es que, aparte de resultar barata (muchas veces más que un litro de leche), la cultura aquí no es considerada un lujo, sino, más bien, una necesidad. Los artistas no son divos que han de ser apartados de la plebe, escoltados e introducidos en salas VIP alejados del mundanal ruido. Por contra, no son considerados más que un trabajador más, que dialoga y se une al resto de la gente en cualquier bar. De esta forma conocí a Vladimir Cruz. Supongo que el nombre quizá no os diga mucho. Es el actor co-protagonista, junto a Jorge Perugorría, de la película “Fresa y chocolate”. El pasado jueves presentaba un corto en el Museo Nacional de Bellas Artes, junto a unas amigas nuestras que presentaban una serie de documentales. Después asistí a un concierto que me gustó bastante, a pesar de que la gente abandonó la sala cuando acabaron las proyecciones. Se trataba de un músico encuadrado dentro de lo que aquí se ha denominado la Nueva Trova. Es un sonido y un mensaje bastante diferente del que aquí se escucha habitualmente. No digo que mejor, pero diferente. Y se agradece un poco la diferencia. En cualquier caso, tanto unos como otros son muy buenos músicos. Si hay algo que Cuba está desaprovechando es el mercado de la música. Y mientras tanto, “El canto del loco” triunfando por todo lo alto. No comments.

 

Ha pasado algún tiempo desde mi último post, así que tengo unas cuantas cosas que contar. Soy más de cantidad que de frecuencia a la hora de escribir, como podréis comprobar. Tengo que estar en vena. Bueno, que me desvío. Iba a contar que hace un par de semanas fue la Feria Internacional de La Habana. Interesante. La verdad es que Cuba es en muchos casos un mercado capricho del empresario más que uno atractivo. O también, pero por diferentes razones. Bueno, creo que comprenderéis a que me refiero. Fue una semana bastante buena. Aparte de la experiencia, o de la laboral en sentido estricto, estuvo muy  bien. Entre otras cosas porque, gracias a la generosidad de algunos empresarios españoles, volví a catar un buen jamoncito español, vino de rioja o quesos de Idiazábal, entre otros manjares. También fue una semana bastante golfa. Mucho sarao, cena en casa del embajador, cena de empresarios españoles, copas gentileza de la casa (y hubo bastantes casas, jeje) y todo eso que parece ser rodea a un acontecimiento de estas características. La verdad es que esta feria es casi más un acontecimiento para la población local que para los propios empresarios. Y es que supone una distracción, a la vez que una forma de buscarse la vida durante unos días también. Las chicas se ofrecen como azafatas de los stands, otros van con su cestita vendiendo refrescos o café y el resto pasan por los puestos “arrampando” con cuanto pueden, ya sean bolsas, bolígrafos o simples catálogos. La verdad es que esto último no es algo autóctono. Hay que reconocer que en España también ocurre. Estoy seguro que si me pusiese en un stand en medio del monte  y ofreciese piedras gratis se me petaba el garito. Ya se sabe, si es gratis, ponme dos (recuerdos, Pepazo). Estuvo bien, la verdad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

Nuestro pabellón en la feria
Nuestro pabellón en la feria

 

 

 

 

Mucha gente me ha preguntado por el último huracán que azotó la isla. Paloma. Al principio, y dada la experiencia del último verano, se temía que pudiese tener consecuencias graves para la isla. Por cierto, ¿quién pondrá el nombre a los huracanes? No se, humanizar a través del nombre a algo cuyas consecuencias pueden resultar muy inhumanas no deja de ser paradójico. Tal vez los científicos que los detectan les ponen el nombre de algún rival de profesión. O el de alguna mujer fatal que les arruinó la vida. Bueno, en cualquier caso, tratar de entender a un científico suele ser un acto de futilidad. Sin ánimo de ofender. De cualquier forma, Paloma fue bastante benevolente con Cuba y, aunque destrozó una población (Santa Cruz del Sur), no hubo que lamentar daños personales. Hace 76 años, un ciclón dejó un saldo de 3.000 muertos en este pueblo. Las medidas de previsión y evacuación han mejorado mucho en este tiempo. Además, la suerte fue que, a pesar de su intensidad (entre 3 y 4 sobre una escala de 5), su diámetro era bastante reducido. En el poco tiempo que llevo aquí he aprendido bastante acerca de ciclones. Gracias a Dios, Alá, la energía cósmica o lo que sea, no he padecido aún ninguno. Las variables que se tienen en cuenta a la hora de evaluar un huracán son su intensidad, la amplitud de su diámetro y la velocidad a la que pasa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El sábado estuve haciendo buceo en Baracoa, una playa cercana a La Habana. Nunca lo había hecho, y la verdad es que es una experiencia increíble. Uno siente una gran relajación. Y fascinación por todo lo que ve. Los bancos de peces rodeándote o la percepción de que el mar no deja de ser tierra cubierta por agua, con formaciones montañosas sobre las que levitas, con la diferencia de que lo primero que te encuentras es la cumbre para después adentrarte en una especie de valle hasta que topas con el fondo, la diferencia de temperatura en el agua: caliente cuanto más arriba, fría en el piso. De nuevo, una especie de mundo al revés. Y la experiencia se hace redonda cuando a la salida hay un chiringuito esperando con cerveza fría, malanga recién hecha y arroz frito, tan bueno que sabe a prohibido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y por la noche, la ansiada inauguración de mi casa. Es un pequeño apartamento en una urbanización. Estilo costa mediterránea: salón, cocina americana, dormitorio y baño. En segunda línea de mar. Piscina. Ideal para familias (descripción estilo catálogo de vacaciones).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y cuando el fin de semana parecía no poder dar más de sí, el domingo Joel nos invita a comer unos pollos en su casa. Es increíble como maneja la barbacoa el tío. Está todo buenísimo. Los pollos tenían forma de langostas y el domingo de sábado. Una gran forma de acabar (o empezar) la semana. Lo cierto es que estos banquetes dominicales se están empezando a convertir en tradición, y con tradiciones así la modernidad “pa” quien la quiera. Jeje. Pues nada más, que ya estoy empezando a ser cansino. Un abrazo a todos y hasta pronto. O tarde. Al fin y al cabo, aquí más que en ningún otro sitio, el tiempo es un concepto relativo.

31 Oct, 2008

CERDOS Y DIAMANTES

Una de las más sabrosas y divertidas costumbres en Cuba es juntarse con la familia o amigos (uno pasa fácilmente de ser amigo a ser familia gracias a la acogida de la gente) y asar un puerco- ya veis que empiezo a adoptar la jerga local-. Se trata de algo muy parecido a nuestras barbacoas, especialmente a aquellas que hacíamos en Tilburg – qué recuerdos- con música, baile e interesantes conversaciones. La comida es protagonista, pero también excusa para pasar un día genial.

Los 3 mosqueteros: Jaime, Frank y yo

Aunque el cerdo es el plato principal, preparado de las más diversas maneras, también se incluyen en el menú otras exquisiteces de la cocina criolla, que es como se denomina a la cocina típica del país. Entre ellas destaca el congrí, un plato a base de arroz y frijoles condimentado con especias como cilantro, orégano y otras. Está realmente bueno. También comimos yuca y ¡lechuga! Era la primera vez que la comía desde que llegué y es que, como ya os he comentado, los ciclones han destrozado los campos y desabastecido las ciudades. Se oye por la calle que, probablemente, la situación mejore antes de finales de año. Esperemos que así sea.

Jordi "gosando"

Jordi "gosando"

 

 

 

Chicharrones (corteza de cerdo)

Chicharrones (corteza de cerdo)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero lo cierto es que nosotros sólo nos dedicamos a disfrutar del día. La gente de la casa fue la que se desvivió durante 2 días para que todo estuviese a punto, especialmente Olga, la abuela de nuestro amigo Frank. Es una mujer increíble, con una gran historia de superación detrás, como mucha gente aquí, y una vitalidad envidiable.

 

Olga y Jaime

Olga y Jaime

No se cuanta gente llegamos a estar en la fiesta. Aquí, por lo que he visto hasta ahora, las fiestas cuentan con tanta gente como admite la casa. La única restricción es el espacio. Esto me trae a la memoria una frase que leí el otro día y que me parece que va como anillo al dedo para definir a la gente cubana: “Solidaridad no es dar lo que a uno le sobra, sino compartir lo que tiene”. También acudió a la fiesta Miguel Ángel Arenas, un poeta manchego bastante laureado y reconocido a pesar de su juventud. Vino a La Habana para llevar a cabo una iniciativa que ya había cosechado bastante éxito en otras ciudades del mundo, especialmente en el continente americano. Se trata de un Poema Gigante: un mural de 100 metros de extensión en el que cada persona escribe un par de versos hasta que se rellena entero. Una idea curiosa, la verdad, para dar voz a los pueblos.

Miguel Ángel, el poeta

Miguel Ángel, el poeta

 

Y como no podía ser de otra manera, después de llenar la panza vino la danza. En Cuba la gente debe tener algún gen alterado que hace que todos tengan su sentido del ritmo y esa gracia que por mucho que uno ensaye no se consigue si no se nace aquí. Da envidia verlos. Y vergüenza salir a bailar y ser el centro de las miradas por lo ridículo de tus pasos. Como un belga por soleares, que diría Sabina. Totalmente absurdo. Pero, aún así, uno se divierte y divierte a los demás.

A bailar!
A bailar!

 

 

El lunes pasado viví la mayor tormenta que he visto en mi vida. Debí haberme llevado la cámara para grabar un vídeo y que os hicieseis una idea de lo que acojona ver caer rayos a tu lado y las tremendas riadas de agua que inundan las calles. La verdad es que en esos momentos agradecí mucho tener un Jeepy (todoterreno). Yo veía a los coches pequeños seguir adelante y me tranquilizaba pensando: bueno, mientras éstos puedan tirar “pa” adelante, yo también. Increíble, de verdad. Ya se que en Melilla también han caído lluvias torrenciales últimamente. Ahora puedo hacerme una idea aproximada de lo que ha tenido que ser.
Esta semana he estado trabajando, básicamente, en la preparación de la Feria Internacional de La Habana, que comienza la semana próxima. La verdad es que estoy contento con el trabajo porque hago muchas y  muy diferentes cosas, desde preparativos para eventos como la feria hasta estudios de mercado o leer todos los periódicos, lo cual me ayuda mucho a conocer el país desde otro punto de vista, más allá de las experiencias personales. Además, leer todos los periódicos aquí supone leerse 3 periódicos diarios como mucho y de no más de 15 páginas cada uno; no es un gran esfuerzo, la verdad. La semana que viene me tocará trabajar más debido a la feria, pero bueno, también comeré bastante bien porque tenemos una recepción en casa del embajador (otra; voy a convertirme en un habitual, jeje) y una cena con la Asociación de empresarios españoles en Cuba.

Bueno, pues ya me despido por hoy. Y lo hago con buenas noticias: ¡Ya tengo tarjeta de residente! Y diréis: ¿y qué? Pues es mucho más importante de lo que parece: por fin voy a poder contratar una línea de teléfono móvil (yes). También espero que la semana que viene ya me entreguen las llaves de mi apartamento y dejar de ser un nómada (me he mudado ya 3 veces en lo que llevo aquí, jaja). Bueno, pues nada, cuidaos mucho, que yo no dudéis que lo haré. Hasta pronto.

 

 

 

27 Oct, 2008

MI PRIMERA VEZ

El día 4 de octubre, y contra todo pronóstico, abandonaba España rumbo a la “Perla del Caribe”, con ilusión, aunque también con cierta pena por cuanto dejaba, mejor dicho por cuantos dejaba. Cosas del castellano, que en ocasiones consigue que pluralizar signifique algo más, algo totalmente diferente. Una de las cosas que siempre me he preguntado es cómo hacen los cartógrafos para dibujar sus mapas. Probablemente sea una pregunta estúpida., como la mayoría de las que me hago, pero lo cierto es que nunca he sabido si, al menos en los tiempos en que no se contaba con los medios actuales, contrataban a un tipo para que se diese el rulo por todo el país dibujando todo cuanto veía o se llamaban de pueblo en pueblo estilo Gila preguntándose cosas al estilo:

- Oiga, ¿es usted de Fontibre?

- Sí

- Y, ¿me podría decir cómo nace el Ebro por allí?

- Estrechito, pero fuerte, con una pequeña curva a izquierdas.

- Muy bien, pues felicíteme usted a la madre.

 Bueno, chistes malos aparte, la cuestión es que me impresionó comprobar cómo la silueta que dejaba atrás se parecía a la que tantas veces había visto en los mapas.

Sin embargo, al llegar a Cuba uno tiene la sensación, o al menos yo la tuve, de llegar a un lugar conocido, en cierto modo. El paisaje, en general, recuerda al de películas de tipo bélico, al de guerras como la de Vietnam, ambientadas en manglares o llanuras pobladas de arbustos que sirven de improvisada trinchera.

 Cuba es un país de película, o más bien de anuncio (comercial que dicen por aquí). Y, puestos a buscar un anuncio, ninguno mejor que aquel de MasterCard:

 

 Pasar un día en la playa: poco más de 10 CUC, cerveza Bucanero (realmente buena) incluida.

 

Cena a base de langosta rehogada, previamente, con piña colada: 5 CUC del ron y la buena voluntad de la gente, ingrediente básico de la velada.

 

 

 

 

 

Que te “boten” de la que esperas sea tu casa la primera semana: amigo, eso no tiene precio. Bueno sí, el doble de lo que pagaba antes y la mitad de buen rollo. La primera en la frente, colega.

 

Esta que veis es la que probablemente acabe siendo mi residencia aquí, aunque todavía no está muy claro cuando podré decir que tengo casa; ya se sabe, ritmo cubano, me estás estresando y demás.

En mi tercer día aquí, la gente de mi ex casa (aunque yo todavía ignoraba mi destino) me invitó a acudir a un cumpleaños cubano. Los cumpleaños en este país son ocasiones muy especiales. Acude toda la familia al completo y aquí lo que en España se llama núcleo familiar (padre, madre, la parejita, el perro y la televisión LCD) está compuesto por, al menos, tres generaciones. Vamos, que cuando te vas de la fiesta aún te queda gente por conocer.

El fin de semana pasado fue bastante “heavy”. Aquí el 10 de octubre es la fiesta que conmemora el inicio de la lucha contra España por la independencia. Y como el 13 fue fiesta en España, conmemorándose el inicio de las aventuras de Cristobalito por estas tierras, tuve un acueducto de jueves a martes. Tremenda ironía la coincidencia de estas dos fiestas. Aquí, de todas formas, no lo llaman el Día de la Hispanidad, sino el Día de la Raza. El lunes, después de cuatro días de playa, mojitos, bucaneros y bucaneros, playa, mojitos, decidimos  darle un toque más cultural a la cosa (el cuerpo ya  pedía clemencia a gritos) e irnos a ver una exposición de Alberto Korda. Alberto Korda es el fotógrafo oficial del, de la revolución. La famosa foto del Che que todo el mundo conoce es suya.

Antes de llegar al museo, pasábamos por la plaza de armas y vimos a un tipo haciendo fotos con una cámara antiquísima; creo que de esas que, por su sistema de funcionamiento, se denominan daguerrotipos. La plaza de armas tiene una historia: hay un tramo en que el suelo en vez de empedrado es de madera. Se dice que se debe a que al capitán general español que residía en ella en otros tiempos le molestaba mucho el paso de los carruajes durante la siesta, así que ordenó construir ese tramo de madera para que los carros no perturbasen su sueño. Volviendo a la historia del daguerrotipo, ahí os dejo unas fotos para que veáis la cámara en sí y parte del proceso.

Aquí los museos cierran domingos y lunes, así que de nuevo, y muy a nuestro pesar, el destino nos empujaba a tener un día “golfo”. No obstante, justo al lado del museo donde tenía lugar la exposición de Korda hay un edificio alto que en el ático tiene un ingenio de Leonardo da Vinci realmente curioso y digno de visitar. Lo llaman la cámara oscura y consiste en un sistema de espejos colocados de tal manera que, desde una cámara de forma circular, son capaces de enfocar toda la ciudad para que puedas ver todo lo que en ese momento está sucediendo en varios kilómetros a la redonda. Muy interesante, la verdad. Os pongo unas fotos para que os hagáis una idea, aunque es mejor que vengáis a verlo vosotros mismos, para algo estáis más que invitados.

Cámara oscura desde dentro

Imágen proyectada por cámara oscura

 

Después de esto, y siguiendo los designios del destino, fuimos a tomar unas cervezas a la Casa de la Cerveza, en la misma plaza (La Plaza Vieja) donde se encuentran esta cámara oscura y el museo. Es un lugar con mucho encanto. En el interior tiene un montón de silos donde fabrican su propia cerveza y el patio interior y la decoración son muy pintorescos. En el exterior, músicos realmente buenos con instrumentos realmente viejos que vienen a demostrar que el virtuosismo está en el intérprete, no en el instrumento. Y en medio de este panorama, lo sórdido pero irremediable: comportarse como un guiri y pedir los famosos metros de la casa, cilindros de 5 metros de alto llenos de cerveza (creo que de esto también hay en Madrid en algún sitio). Y ya puestos, aprovechamos y comimos allí a base de brochetas. Otra guirufada. Qué se le va a hacer.

En estas estábamos, cuando apareció otro artista camuflado que se sumaba a los músicos, sólo que se trataba de un dibujante. Sin dirigirse a nosotros comenzó a dibujar y al poco me mostró su trabajo. Una caricatura mía que debe ser buena, porque es difícil que uno se vea reflejado en una caricatura. Todo el mundo cree: yo no tengo esa nariz, pero si mi cabeza es mucho más pequeña y cosas por el estilo. Bueno ahí os la dejo, juzgad por vosotros mismos.

El artista

El artista

Un servidor

Un servidor

 

Después de comer nos fuimos a dar un paseo por la Habana Vieja. Esta zona es un museo en sí mismo. Un museo de gente, de casas, de coches, de costumbres. Una de las costumbres más arraigadas aquí es el ajedrez. El Ché inculcó mucho este juego a la población cubana, pues observaba que todas las grandes naciones del mundo contaban con grandes ajedrecistas. Hoy día es uno de los pasatiempos nacionales junto al dominó y la sobremesa (algún legado como veis si que dejamos los españoles por aquí).

 

La Habana, y sobre todo La Habana Vieja, es un lugar de contrastes. Las casas medio caídas contrastan con emblemáticos edificios, los autobuses de turistas con aquellos para los cubanos y los coches… Bueno, los coches son otra historia. Esto es un gran salón del automóvil. Hay auténticas joyas, aunque en la mayoría de los casos en malísimas condiciones. Y es normal. La mayor parte de los coches tiene más de 40 o 50 años de historia a sus espaldas. O a sus maleteros, mejor dicho, supongo. Aquí quien más quien menos ejerce de mecánico. Creo que yo mismo volveré después de este año con algunos conocimientos de mecánica. Quizá con más que de economía, jeje.
 

 

 

También puede decirse de La Habana que, probablemente, sea una de las ciudades más seguras del mundo. En España nos dio por poner un bar en cada esquina; aquí en vez de bares hay policías.

 

Ese mismo día, el 13 de octubre, tuvimos una recepción en casa del embajador español con motivo del Día de la Hispanidad. La verdad es que le ha quedado muy “cuca” la casita (jeje). No llevé la cámara, así que no os puedo mostrar unas fotos para que la veáis.

 

 

Un edificio emblemático de La Habana es el Capitolio. Es casi idéntico al de Washington. Pero lo mandaron construir más grande que el de los americanos.

 

 

Una de las más bellas vistas de la ciudad es El Malecón y cuantos edificios quedan detrás vistos desde el Faro del Morro. Y también es interesante acudir al famoso cañonazo que se escenifica allí cada día a las 9 de la noche. Es una tradición que data de siglos atrás cuando se impuso en la ciudad el toque de queda para defender a la población de un posible ataque de los ingleses que asediaban la ciudad desde sus barcos. Los soldados disparaban el cañonazo para advertir a la gente y que ésta se apresurase a entrar en la ciudad, pues en ese momento levaban los puentes y cerraban las puertas de las murallas que defendían la ciudad. Por el mismo precio (5 CUC) y dentro de este recinto amurallado, uno puede visitar también un pequeño museo dedicado al Che y el despacho que éste utilizó. Se dice que allí se firmaron muchas de las sentencias de ejecución contra aquellos considerados contrarrevolucionarios o afines a Batista.

 

Bueno, creo que me he demorado bastante en este primer post, pero he contado bastantes cositas también. A partir de ahora, y cuando logre ya tener mi casita, el visado en regla y demás asuntos, espero teneros informados más a menudo. Hasta la próxima. Ah, os dejo con unas fotos panorámicas de la ciudad desde la Plaza de la Revolución. Son fotos de Hugo, un colega, porque yo aún no he estado. Pero me parecía interesante que las vieseis. Lo dicho, hasta pronto.

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