¡Tranquilos! No hablo de los Incoterms 2000. Que el Gran Dios CECO me libre de tan catastrófico suceso. No, me refiero a mi humilde pez, que falleció hace unos pocos días, víctima ni más ni menos, que de una sobredosis de cariño.

Los primeros pasos de Incoterm por este cruel mundo se pierden en las brumas del tiempo, pero es de esperar que no fueran fáciles. Con toda probabilidad tuvo que luchar desde el primer día contra sus hermanos, por alimento y espacio, en una pecera superpoblada. Su destino fue, desde el primer momento, servir de compañía y ornamento. Para ello Incoterm dedicó incontables horas a hacer su movimiento en el agua más fluído, su cola más larga y brillante, y sus colores, verde y azul, más vivos.
Contra todo pronóstico, Incoterm sobrevivió a cada lucha que se desató en su tanque, consiguió salvar comida suficiente para seguir creciendo, y logró convertirse en un pez adulto y elegante.
Sin embargo, como mencionaba al principio de este post, la vida de un pez no es fácil, y menos en la ciudad. Alcanzar sus objetivos a Incoterm solo le consiguió un pequeño tarro con un agujero en la tapa, en el que malvivir hasta que algún turista decidiera adquiririrlo por lo mismo que te vale un rollito primavera extra en tu plato al mediodía.
El domingo que nos conocimos no era un domingo especial. Me gustaría poder decir que el sol brillaba de una forma diferente aquel día, o que el sonido de los pájaros era más melódico que de costumbre, que se oían menos bocinas, o que había menos inspectores de hacienda. No obstante estaría faltando a la verdad. Era un domingo de lo más ordinario, y lo único fuera de lo normal que hicimos en esa ocasión, fue ir a dar una vuelta al mercado de los peces.

No sé porqué aquella mañana escogí a Incoterm de entre la miríada de peces que había expuestos en sus tarros y bolsas de plástico. Quizás era porque su tarro estaba más sucio que otros, quizás fue un capricho del destino. Incoterm parecía desilusionado con la vida. Apenas nadaba, y se dedicaba a flotar entre sus propios deshechos. Yo quiero pensar que le elegí a él, simplemente porque en ese momento necesitaba una mano amiga. Porqué en mi subsconsciente pensé, que si yo hubiera nacido pez, me hubiera gustado tener un amigo que me sacara de aquel tarro tan sucio.
En cuanto Incoterm vio su nueva pecera estoy seguro de que se sintió feliz. La recorrió rápidamente de un lado a otro y pronto la reconoció como su nuevo hogar. Tuvo varios meses de felicidad en esa pequeña esfera acristalada, de vida tranquila y cómoda, siempre cumpliendo su función de objeto ornamental, pero también haciendo compañía. Sorprendería a muchos la calidez que un animal tan frío puede aportar a una vida solitaria. Los habitantes del 18 de Johnston Road le consideramos un compañero más del piso, y en reconocimiento a su superior belleza, pagamos su parte del alquiler entre todos sin rechistar.

Con una vida así, no sorprenderá a nadie que la muerte de Incoterm fuese trágica, como fue. A principios de mes, yo me ausenté con mucha frecuencia de Hong Kong, acompañando a mi familia por China en su visita al gigante asiático, siempre que mis exiguas vacaciones en la ofecomes me lo permitían. Mi amiga María se ofreció amablemente a cuidar de él esos días. Muchos pensareis que una muerte de una mascota por amor, a manos de una chica, ineludiblemente se debe a una sobrecarga de lacitos rosas, de perfume barato, y de innumerables tardes tomando el té con una imaginaria señora Gladis y su vecina.

Pero os equivocaríais. Lo que ocurrió en realidad es que mi compañera María, en su celo por ofrecer a Incoterm un hábitat limpio y agradable, se dedicó a limpiar su pecera con lavavajillas todos los días, a veces más de una vez por día, y a echarle hielo en el agua para que estuviera más fresquita. Es posible que tanta actividad, y tantos químicos extraños en su agua redujeran sus defensas y le produjeran una vulgar muerte por intoxicación. Pero también es posible que el viejo Incoterm, satisfecho con la vida que había conseguido alcanzar, decidiera que morir de amor no era tampoco una mala manera de morir, y aceptara de buena gana acabar así sus días en nuestro mundo.
Compañero Incoterm, amigo, desde aquí desde la blogosfera, no puedo negarte que de cierta manera te envidio la muerte que has recibido. Descansa en paz
