Algo huele a chamusquina en la oficina.

13.30. las tripas de los becarios que quedan en el pool de industriales podrían confundirse con el motor de cualquier formula 1 en pleno arranque. Así que vuelve Charo a su mesa, eso quiere decir que ya nos podemos ir pitando a calentar el tuper, que previsoramente hemos llenado con comidina en casa. Bien, como el pool ya queda vigilado por si llama el rey para hacer una consulta de estado, y resulta que no lo coge nadie porque los becarios han desatendido la posición, pues nos vamos con la conciencia tranquila y mucha hambre a la cocina-cantina-comedor del tercer piso del 66 de Chiltern Street.

Pero al abrir la puerta del departamento de en frente un tremendo olor a chamusquina invade nuestras pituitarias, seguido por una bocanada de humo, que parecía que más que en una ofecomes estuviésemos en el pasaje del terror del parque de atracciones de Madrid. “¡Fer, pero que has hecho!”. El pobre de Fer, becario de vinos, (y ahora entenderéis porque de vinos y no de vinos y alimentos) había metido un inocente pan de pita en el microondas para calentarlo, pero o se pasó con el temporizador o la pita decidió inmolarse por alguna extraña razón. El caso es que carbonizada yacía la pita en el plato del microondas mientras que toda la cocina estaba completamente llena de humo. Yo me hice la valiente y me metí a calentar mi tuper, pero ete aquí que tuve que salir pitando porque me empezaban a llorar los ojos.

A todo esto, no podíamos abrir las ventanas, porque estos edificios modernos e inteligentes tienen unas ventanas maravillosas que nadie puede abrir. Será para que no se suiciden los trabajadores, porque sino, no lo entiendo. El caso es que había que buscar una fórmula para sacar aquel humo de allí antes de que nuestros propios jugos gástricos acabasen creándonos una úlcera. Con lo cual el comité de becarios decidió abrir la puerta de emergencia, la salida de incendios, que total, para eso está, ¿no?. Y mientras tanto una duda comenzaba a aparecer, mmmm, “pero los ingleses no eran tan pesados con lo de la seguridad y lo de los incendios, mmmm, ¿cómo es que no han saltado las alarmas antiincendios con semejante humareda?” . Como diría Papuchi (que gran sabio) esto es “raro, raro, raro“.

Bueno, pues Fer tiró la difunta pita a la basura y nos dispusimos a comer. Y unos 20 minutos después de haber comenzado con la ventilación aparece un operario del edificio a echarnos la bronca, porque resulta que le había llamado de otras plantas quejándose del tufo a quemao. Tendrán morro, nosotros si que nos tendríamos que haber quejado que estábamos allí comiendo con el tufazo a chamusquina,  versionando nuestros tupers en versión “auhmada”, y es que sopa ahumada y salteado de pollo ahumado no molan ehhh, nop. El único que salió bien parado fue Beni, que disfrutó de su salmón, eso si, ahumado.

Tras aguantar la regañina y prometer que “oh, sorry, sorry, no lo volveremos a hacer, ohh, sorry, sorry” y sorryear un rato, que es al parecer el deporte nacional de este país, le preguntamos al opererario-segurata-controller, que por qué no había saltado la alarma antiincendios si es que había habido una humareda tan bestial. Y el nos contestó que primero tenían que comprobar que hubiera fuego, y luego ya le daban a la alarma. Y hombre, yo no soy experta en alarmas, pero vamos creo que las alarmas están para alarmar y alertar a la gente del peligro de incendio, en este caso, y claro si de verdad hubiese habido un incendio en la cocina, y el paisano hubiese aparecido 20 minutos después de comenzar el fuego (como el hombre hizo), que, nos habría encontrado a todos los becarios más chamuscados que la pita de Fernando. Así creo que el misterio del edificio Windsor sería algo parecido, unos becarios de Garriges que se pasaron calentando un bocata de jamón y la liaron parda

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