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Mar

Año Nuevo, Isla nueva

   Publicado por: admin en FELIZ NAVIDAD, Panamá, Viajes

Con dos meses de retraso, acabaré la crónica de nuestro viaje a Panamá con la estancia en Bocas del Toro por Año Nuevo. El 29 de diciembre salimos del hotel en Panamá rumbo a Colón, concretamente a la Zona Libre. Colón es una de las ciudades más peligrosas de Panamá, sin embargo nosotros no fuimos a la ciudad en sí, sino a la Zona Libre. La Zona Libre es una especie de mini ciudad en la que todos los edificios son tiendas y en donde se venden productos libres de impuestos. Pensábamos, por lo que nos habían dicho, que iba a ser una ganga, pero los precios no eran tan baratos y al final nos fuimos con pocas compras de allí, rumbo al aeropuerto para alquilar otro carro con el que ir hasta el archipiélago de Bocas del Toro. 

Allí alquilamos un Nissan Almera, y partimos rumbo al Valle Escondido de Boquete, donde planeábamos hacer tirolina y pasar de unos árboles a otros a lo Tarzán. En el viaje nos pasó de todo, principalmente se rompió la goma de una de las ruedas y estuvimos parados en la carretera intentando descubrir la causa del ruido que se había empezado a oír. Unos amables hombres (ganaderos, camioneros, qué sé yo…) que había por allí a la salida de una fábrica pusieron el toque de solidaridad en un país que comparado con lo amable que es Perú, resulta borde, y nos Ayudaron A cambiar la rueda por la de repuesto (que resultó ser mejor que las que teníamos puestas…). 

Llegamos a Boquete, al hotel Oasis (muy recomendable) ya de noche, y nuestros planes de tirolina quedaron chafados. Al día siguiente temprano salimos rumbo a Bocas Town, y tras perdernos un par de veces y a 15 por hora (teníamos un poco de miedo de reventar otra rueda y el camino no era muy bueno) conseguimos llegar a eso de las 15 h. al embarcadero donde cogeríamos la lancha hacia la isla de Bocas Town. 

Una vez llegamos nos estaban esperando para coger otra lancha que nos llevaría a nuestro destino final, una cabaña encima del mar a unos 50 minutos de la isla principal, en Isla Bastimento, rodeados de tres o cuatro casas más con turistas y una comunidad indígena dentro en la selva. Otra vez sin teléfono, Tv, internet…pero en una cabaña preciosa, que daba la sensación de ser la envidia de cualquier Robinson Crusoe que se dejara caer por allí.

La verdad es que la cabaña estaba totalmente acondicionada, tenía luz, baño, ducha, cocina de gas…y aun así, teníamos la misma sensación de estar aislados del mundo que en Isla Aguja (aun más, si cabe, ya que estábamos prácticamente solos, y en isla Aguja, aunque pocos, teníamos más contacto con otros turistas…). Allí nos atendía una familia de indígenas. La mujer nos limpiaba la casa, el marido nos cocinaba langosta, las hijas le intentaban regalar a Marta al bebé de la familia…lo típico. 

Como ya llegamos anocheciendo, la primera toma de contacto con la cabaña fue la de cenar (tuvimos que hacer acopio de provisiones en la isla principal para los dos días, ya que volver salía caro y era algo difícil…) y simpatizar con las 10.397 lagartijas que compartían casa con nosotros. La verdad es que eran graciosas y atrapamos un par de ellas en vasos.

Al día siguiente, una vez que el sol y el suave arrullo del mar caribeño nos despertó (bueno, más bien la lluvia, porque estuvo lloviendo todo el día  intermitentemente) fuimos en lancha a La Playa de las Ranas Rojas o red Frogs Beach. Allí nos juntamos con Antonio, el malaguita, otro compañero de clase del CECO que está destinado en Caracas, y estuvimos dando un paseo por la playa entre olas impresionantes, compartiendo las experiencias de cada país. Esta playa tiene su nombre, aunque parezca mentira, no por las arañotas que hay donde empieza la selva (es decir, donde acaba la arena), sino por las ranas rojas que unos niños allí insistían en que tocáramos (no lo hicimos, en un alarde de precaución, y menos mal, luego me enteré de que eran venenosas, aunque no mucho). Más tarde nos fuimos a Cayo Coral a comer, en un restaurante sobre el mar y donde nos despedimos de Antonio. Una vez terminamos de comer, a hacer snorkle. 

Y así, tranquilamente, volvimos a la cabaña para prepararnos a celebrar el Año Nuevo. El escenario inolvidable: en una cabaña encima del caribe, lloviendo a ratos, con tan solo la luz del porche, una hoguera en la playa y unos fuegos artificiales en la punta de la isla. Intentaría describirlo más, pero nunca llegaré a transmitir lo que fue. Así, acordándonos de todos los que había celebrado ya en casa el Año Nuevo (teníamos unas 6 horas de diferencia) pasamos el Año Nuevo Marta, Leti, Josep y yo. 

Al día siguiente, nos lo tomamos con calma. Salió el sol y tuvimos invasión indígena. Vino toda la familia a pasar la mañana con nosotros, a seguir ofreciéndonos al bebé, Marta duchó (en realidad casi saca una lija del ocho para frotar al niño) al bebé y a la niña pequeña, que no había sonreído nunca hasta que le metimos una sobredosis de azúcar a base de cereales de colores y la cría no pudo parar de reír en toda la mañana), e hicimos una incursión a la comunidad indígena a través de un camino pantanoso que consistía en tablones de madera tirados malamente sobre un terreno fangoso en medio de la selva. Allí conocimos un par de tiendas de artesanía, pagamos un peaje, saludamos al borracho del pueblo y vimos cómo practican los perros salvajes indígenas sus artes amatorias. Yo hice una incursión guiada por la selva, donde vi algún que otro árbol curativo,  anduve encima de un hormiguero tan grande como nuestro salón (las hormigas eran como el dedo gordo de mi pie), observamos un bebé caimán y atrajimos a un caimán adulto y acabé con barro hasta en las pestañas. 

A la vuelta, la familia Von Trapp nativa nos prestó un par de cayucos y nos adentramos en el mar (algunos más que otros, yo fui de los rajados) y agotamos las pocas fuerzas que nos quedaban. Conseguimos echar a la familia de casa (nos costó varios “bueeeeeeno, vamos a cenaaaaaar, los cuatro solossssss……”, pero al final pillaron la directa) hasta las doce de la noche, cuando en un momento de acojono de “aquí puede entrar cualquiera por la noche” salimos hacia la playa en el preciso momento en el que el niño pequeño de la familia venía a traernos una olla totalmente a oscuras. La gente de allí todavía oye por las noches el eco del grito de Josep…Los pelos como escarpias, oiga. 

Y después de esos incidentes y de contemplar una especie de luciérnagas marinas que había alrededor de la casa (no había visto algo así nunca) fuimos a descansar para prepararnos para la vuelta, que ya transcurrió sin incidentes dignos de mención salvo la cola de 45 minutos que tuve que esperar en el único cajero de la isla para sacar dinero, que nos querían cobrar de más y el fantástico ataque de hipo que tuve (y como consecuencia el ataque de risa de Marta y el contagio de los demás) durante dos horas en el coche de regreso a Panamá City. Pero el que quiera más detalles, que los pida.

Sólo un consejo, el que vaya al aeropuerto de Panamá, que se lleve su libro/revista, porque es el primer aeropuerto internacional que veo que lo más parecido que tiene a cosas para leer son los ingredientes de las colonias duty free.

Próxima entrega, El Salvador!!

Esta entrada fue creada el Miércoles, Marzo 17th, 2010 a las 4:13 pm y está archivada bajo la Categoría FELIZ NAVIDAD, Panamá, Viajes. Puedes seguir las respuestas con el feed RSS 2.0. Comentarios y Pings están cerrados.


2 comentarios hasta ahora

Martica
 1 

Bravoooooooopor la cronica caribeña y por la excelente memoria!!Que momentos tan grandes!

17 Marzo, 2010 a las 6:33 pm
Manu
 2 

Hola!!!! Soy el nuevo becario de informatica en Lima!! Please dime alguna forma de contactarte que tienes q contarme un monton de cosas jejeje

Un saludo

2 Agosto, 2010 a las 7:34 am

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