Archivo para la Categoría ‘Panamá’

17
Mar

Año Nuevo, Isla nueva

   Publicado por: admin

Con dos meses de retraso, acabaré la crónica de nuestro viaje a Panamá con la estancia en Bocas del Toro por Año Nuevo. El 29 de diciembre salimos del hotel en Panamá rumbo a Colón, concretamente a la Zona Libre. Colón es una de las ciudades más peligrosas de Panamá, sin embargo nosotros no fuimos a la ciudad en sí, sino a la Zona Libre. La Zona Libre es una especie de mini ciudad en la que todos los edificios son tiendas y en donde se venden productos libres de impuestos. Pensábamos, por lo que nos habían dicho, que iba a ser una ganga, pero los precios no eran tan baratos y al final nos fuimos con pocas compras de allí, rumbo al aeropuerto para alquilar otro carro con el que ir hasta el archipiélago de Bocas del Toro. 

Allí alquilamos un Nissan Almera, y partimos rumbo al Valle Escondido de Boquete, donde planeábamos hacer tirolina y pasar de unos árboles a otros a lo Tarzán. En el viaje nos pasó de todo, principalmente se rompió la goma de una de las ruedas y estuvimos parados en la carretera intentando descubrir la causa del ruido que se había empezado a oír. Unos amables hombres (ganaderos, camioneros, qué sé yo…) que había por allí a la salida de una fábrica pusieron el toque de solidaridad en un país que comparado con lo amable que es Perú, resulta borde, y nos Ayudaron A cambiar la rueda por la de repuesto (que resultó ser mejor que las que teníamos puestas…). 

Llegamos a Boquete, al hotel Oasis (muy recomendable) ya de noche, y nuestros planes de tirolina quedaron chafados. Al día siguiente temprano salimos rumbo a Bocas Town, y tras perdernos un par de veces y a 15 por hora (teníamos un poco de miedo de reventar otra rueda y el camino no era muy bueno) conseguimos llegar a eso de las 15 h. al embarcadero donde cogeríamos la lancha hacia la isla de Bocas Town. 

Una vez llegamos nos estaban esperando para coger otra lancha que nos llevaría a nuestro destino final, una cabaña encima del mar a unos 50 minutos de la isla principal, en Isla Bastimento, rodeados de tres o cuatro casas más con turistas y una comunidad indígena dentro en la selva. Otra vez sin teléfono, Tv, internet…pero en una cabaña preciosa, que daba la sensación de ser la envidia de cualquier Robinson Crusoe que se dejara caer por allí.

La verdad es que la cabaña estaba totalmente acondicionada, tenía luz, baño, ducha, cocina de gas…y aun así, teníamos la misma sensación de estar aislados del mundo que en Isla Aguja (aun más, si cabe, ya que estábamos prácticamente solos, y en isla Aguja, aunque pocos, teníamos más contacto con otros turistas…). Allí nos atendía una familia de indígenas. La mujer nos limpiaba la casa, el marido nos cocinaba langosta, las hijas le intentaban regalar a Marta al bebé de la familia…lo típico. 

Como ya llegamos anocheciendo, la primera toma de contacto con la cabaña fue la de cenar (tuvimos que hacer acopio de provisiones en la isla principal para los dos días, ya que volver salía caro y era algo difícil…) y simpatizar con las 10.397 lagartijas que compartían casa con nosotros. La verdad es que eran graciosas y atrapamos un par de ellas en vasos.

Al día siguiente, una vez que el sol y el suave arrullo del mar caribeño nos despertó (bueno, más bien la lluvia, porque estuvo lloviendo todo el día  intermitentemente) fuimos en lancha a La Playa de las Ranas Rojas o red Frogs Beach. Allí nos juntamos con Antonio, el malaguita, otro compañero de clase del CECO que está destinado en Caracas, y estuvimos dando un paseo por la playa entre olas impresionantes, compartiendo las experiencias de cada país. Esta playa tiene su nombre, aunque parezca mentira, no por las arañotas que hay donde empieza la selva (es decir, donde acaba la arena), sino por las ranas rojas que unos niños allí insistían en que tocáramos (no lo hicimos, en un alarde de precaución, y menos mal, luego me enteré de que eran venenosas, aunque no mucho). Más tarde nos fuimos a Cayo Coral a comer, en un restaurante sobre el mar y donde nos despedimos de Antonio. Una vez terminamos de comer, a hacer snorkle. 

Y así, tranquilamente, volvimos a la cabaña para prepararnos a celebrar el Año Nuevo. El escenario inolvidable: en una cabaña encima del caribe, lloviendo a ratos, con tan solo la luz del porche, una hoguera en la playa y unos fuegos artificiales en la punta de la isla. Intentaría describirlo más, pero nunca llegaré a transmitir lo que fue. Así, acordándonos de todos los que había celebrado ya en casa el Año Nuevo (teníamos unas 6 horas de diferencia) pasamos el Año Nuevo Marta, Leti, Josep y yo. 

Al día siguiente, nos lo tomamos con calma. Salió el sol y tuvimos invasión indígena. Vino toda la familia a pasar la mañana con nosotros, a seguir ofreciéndonos al bebé, Marta duchó (en realidad casi saca una lija del ocho para frotar al niño) al bebé y a la niña pequeña, que no había sonreído nunca hasta que le metimos una sobredosis de azúcar a base de cereales de colores y la cría no pudo parar de reír en toda la mañana), e hicimos una incursión a la comunidad indígena a través de un camino pantanoso que consistía en tablones de madera tirados malamente sobre un terreno fangoso en medio de la selva. Allí conocimos un par de tiendas de artesanía, pagamos un peaje, saludamos al borracho del pueblo y vimos cómo practican los perros salvajes indígenas sus artes amatorias. Yo hice una incursión guiada por la selva, donde vi algún que otro árbol curativo,  anduve encima de un hormiguero tan grande como nuestro salón (las hormigas eran como el dedo gordo de mi pie), observamos un bebé caimán y atrajimos a un caimán adulto y acabé con barro hasta en las pestañas. 

A la vuelta, la familia Von Trapp nativa nos prestó un par de cayucos y nos adentramos en el mar (algunos más que otros, yo fui de los rajados) y agotamos las pocas fuerzas que nos quedaban. Conseguimos echar a la familia de casa (nos costó varios “bueeeeeeno, vamos a cenaaaaaar, los cuatro solossssss……”, pero al final pillaron la directa) hasta las doce de la noche, cuando en un momento de acojono de “aquí puede entrar cualquiera por la noche” salimos hacia la playa en el preciso momento en el que el niño pequeño de la familia venía a traernos una olla totalmente a oscuras. La gente de allí todavía oye por las noches el eco del grito de Josep…Los pelos como escarpias, oiga. 

Y después de esos incidentes y de contemplar una especie de luciérnagas marinas que había alrededor de la casa (no había visto algo así nunca) fuimos a descansar para prepararnos para la vuelta, que ya transcurrió sin incidentes dignos de mención salvo la cola de 45 minutos que tuve que esperar en el único cajero de la isla para sacar dinero, que nos querían cobrar de más y el fantástico ataque de hipo que tuve (y como consecuencia el ataque de risa de Marta y el contagio de los demás) durante dos horas en el coche de regreso a Panamá City. Pero el que quiera más detalles, que los pida.

Sólo un consejo, el que vaya al aeropuerto de Panamá, que se lleve su libro/revista, porque es el primer aeropuerto internacional que veo que lo más parecido que tiene a cosas para leer son los ingredientes de las colonias duty free.

Próxima entrega, El Salvador!!

21
Ene

Panamá City

   Publicado por: admin

Llegamos a Panamá contentos por la experiencia de Kuna Yala, pero también deseando una buena cama, y tras una pequeña búsqueda encontramos un hotel económico pero muy agradable, el Hotel Milán.

Tras descansar, ir de compras y devolver el coche, al día siguiente nos dedicamos a ver Panamá City. Llamamos a Hermes y nos vino a recoger al hotel, llevándonos primero al Canal de Panamá.

Para entrar al Canal y acceder a las terrazas que hay para ver el paso de los barcos, hay que pasar por un museo, que honestamente pensé que sería un poco por justificar el pago de la entrada. Pero estaba muy equivocado. El museo del Canal de Panamá te explica muy bien con vídeos, fotos y maquetas, la construcción del Canal. La principal mano de obra la componían jamaicanos (hasta 20.000) y muchos murieron por el camino, por accidentes y enfermedades. La construcción del Canal fue iniciada por los franceses, que terminaron dándose por vencidos y dejaron que los americanos se hicieran cargo. Es impresionante ver las maquetas y fotografías de las compuertas antes de que se llenaran de agua, todas las voladuras que se hicieron, la cantidad de gente y maquinaria trabajando en aquellos años (se inauguró en 1914) y hace que finalmente, cuando sales al exterior a ver el paso de los barcos (lo hacen por horas, cortan la circulación en distintos momentos del día y tienen programado el paso de los barcos a horas concretas) sientas que estás en un lugar realmente importante y no sólo mirando un río por el que pasa un barco… Los barcos pasan muy justos, a veces parece que van a chocar con los muelles (están haciendo una ampliación, dado que cuando lo construyeron no se pensaba que fuera a haber barcos de la envergadura de hoy en día), y es curioso ver cómo se llena el agua en un tramo y cómo se vacía en otro para que el barco pueda pasar…En las fotos, el barco que pasa viene del Atlántico y se dirige hacia el Pacífico.

De allí fuimos a tres islas que están conectadas por viaductos y desde las que se observa perfectamente el skyline de la ciudad. Son unas islas que se han utilizado como zona de restaurantes y bares, centros de convenciones y atraque de cruceros.

Luego Hermes nos llevó a ver la Panamá Antigua, son las ruinas de la primera ciudad de Panamá, que destruyó el Pirata Morgan, simplemente porque le dio por ahí. Luego mandó empezar a construir una nueva Panamá a unos kilómetros de allí (la actual Panamá), pero todavía quedan importantes restos de la antigua ciudad española original. Los restos están tan bien conservados que te puedes imaginar desde la torre los barcos piratas bombardeando la ciudad, y provoca un gran contraste cuando ves desde allí el viaducto y todo el skyline de la ciudad nueva. Cuando fuimos era lunes y en realidad no abrían al público, pero con un pequeño “soborno” (nos cobraron menos que una entrada normal y encima estábamos solos, así que podíamos ver todo tranquilamente) pudimos pasar.

Y así pasó todo nuestro día en Panamá, previo a nuestra partida hacia Boquete y Bocas del Toro a pasar el Año Nuevo. Estoy seguro que me he dejado cosas, pero para eso tenéis los comentarios los que vinisteis!!!!

13
Ene

Navidades en Kuna Yala

   Publicado por: admin

Tras un excelente desayuno (daban a elegir entre goffres o huevos revueltos!!!) volando todo panchos en la Salida de Emergencia de un avión de Copa, llegamos a Panamá el día 24 de diciembre, víspera de Navidad. Pensábamos que en Perú el ritmo de las cosas era lento, pero nada más llegar a Panamá ya nos dimos cuenta de que aquello sí que iba con calma caribeña. Tenemos la sospecha de que en vez de sangre tienen horchata. Aun así, nos hizo mucha ilusión bajar del avión, sobre todo cunado nos recibió una oleada de calor húmedo, al estilo tropical, y un sol que tras padecer la tarifa plana de cielo gris de Lima, nos anticipó lo bien que nos iba a venir este viaje.

Tras coger nuestras maletas (yo iba de mochilero como buen aventurero y Marta a lo Paris Hilton con maletita de ruedas incluidas), nos dirigimos a buscar el autobús que nos llevaba al centro de la ciudad. De camino conocimos a Hermes, un colombiano residente en Panamá desde hace unos cuantos años, al que le entusiasma hacer de guía turístico y que además lo hace muy bien (el Jorge Espejo de Panamá, ver el viaje a Paracas…). Al final Hermes nos llevó por un módico precio a Panamá City, al hostal donde nos íbamos a alojar. Allí teníamos que quedar con Isaac Brenes, quien se había encargado de reservarnos la estancia en San Blas (un archipiélago que cuenta con 365 islas, una para cada día del año, de donde son naturales los indios Kunas, tribu a la que pertenecía Isaac), y que nos tenía que dar las indicaciones oportunas para llegar a las islas.

Se suponía que en ese hostal, el Mamallena, íbamos a alojarnos esa noche y a encontrarnos allí con Josep, el becario de Guatemala, y Leticia (ver viaje a Cusco), becaria de Bolivia. Lamenteblemente, hubo algún tipo de malentendido con los tipos del albergue y no había habitaciones disponibles, así que tras despedirnos de Hermes nos fuimos con Isaac a buscar alojamiento. Fue una mañana que se preveía tranquila y resultó agotadora, pero nos permitió a Marta y a mí conocer el casco antiguo de Panamá, y andar por calles que se acercaban bastante, salvando las distancias, a lo que yo he conocido de la India: mucha gente, muchos puestecitos y mucho ambiente.

Tras ir de hotel en hotel, viendo desde medio puticlubs hasta hoteles de película, con la pintura desconchada, los baños oxidados y techos altos con ventilador, al final encontramos una zona de hoteles de nivel medio-bajo que resumían media geografía española: el Benidorm, el Compostela, y el Covadonga. Y cómo no, acabamos en el Covadonga, que para eso Marta tiene raíces asturianas, y que encima estaba ubicado en la Avenida del Perú. El hotel ruidoso y en una zona de seguridad media, pero suficiente para esa noche. Como preguntamos por el plato típico de Panamá y nos dijeron que el arroz con pollo (mi respuesta fue: como los domingos en mi casa), pues decidimos ir al McDonalds hasta obtener una mejor información (la zona tampoco invitaba mucho a experimentos el primer día de las vacaciones…). Por la tarde noche fuimos al aeropuerto a recoger a Josep, y fuimos a alquilar un carro. Nos dijeron que necesitábamos un 4×4 para llegar a San Blas, así que alquilamos una Tucson. Por fin a eso de las 10 de la noche llegó Leti y nos fuimos todos a cenar al lado del hotel. Para nuestra sorpresa, aunque fuimos a una especie de cafetería cutre, tenían en un expositor sobres de salchichón y chorizo de El Pozo, que fue nuestro máximo acierto de la noche (tras pedir platos como pavo con salsa de navidad, que básicamente era pavo chapoteando en salsa de chupachups) y, por cierto, nuestra cena de Nochebuena!!!!

Al día siguiente recogimos a Isaac, que al final se vino con nosotros, y salimos con rumbo a Kuna Yala (San Blas). Isaac resultó un tipo peculiar, pero de esos a los que se coge cariño: todo un personaje, indio Kuna (de nombre artístico Audri Yala), cantante con los Rabanes, músicos que ganaron los grammy el año pasado (toca la flauta y hace ruidos de pájaro en canciones protesta), hermano de las estrellas, hijo de la luna, primo de la tierra, sobrino del sol… y que tenía más peligro que bautizar a un gremlin (de hecho nos perdimos dos veces de camino a la isla). Y, efectivamente, necesitábamos un 4×4. Para nuestra diversión, nos habían dado un 4×2 y automático, lo cuál hizo que una vez que nos adentramos en la selva profunda (pero profunda profunda) nos quedáramos tirados en un par de cuestas y al final de un río que tuvimos que atravesar, a lo rally. Esta zona estaba totalmente empantanada, y desde mi posición de conductor era divertido ver cómo Marta y Leti chapoteaban en el barro (se hundían hasta las rodillas, perdían las sandalias por el camino, les atacaban hormigas rojas del tamaño de un elefante…) para que el coche tuviera menos peso y pudiera atravesar la zona sin atorarse. Costó, pero al final llegamos al embarcadero para las islas. Eso sí, de barro hasta las cejas.

Y por fin, a eso de media mañana del día de Navidad, llegamos a Isla Aguja, una isla de unos 150×150 metros, que tardabas en rodearla unos 5 minutos, a habitar allí durante dos días intensos de snorkle, playa caribeña, comida escasa pero buena (centollo, langosta, arroz blanco, patacones que es plátano frito, pollo, pescado…), noches estrelladas, peces, cangrejos, hamacas, palmeras y unas cabañas super chulas, típicas de los indios kuna, cuya luz por la noche eran velas, en las que el suelo era la arena, que estaba llena de agujeros en los que vivían cangrejos fantasma (transparentes) y cangrejos ermitaños que salían por las noches y que vivían aterrorizados de nosotros!!!  Al más puro estilo de Robinson Crusoe!!! De hecho, teníamos que abastecernos en el poblado indígena (a unos 20 minutos en lancha de la isla) de agua, cerveza, patatas fritas…Dos días increíbles en un paraíso muy económico y que ojalá aguante la visita de turistas y se mantenga como es!!! Y así pasamos la Navidad en Panamá, echando de menos la nieve y a la familia mientras veíamos peces tropicales en playas caribeñas tras habernos adentrado en la selva panameña!!!


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